La pandemia desinformativa

Los bulos en salud son una especie de pandemia difícil de erradicar debido a que pueden tomar muchas formas y encontrarse donde menos te lo esperas. Su efecto es contagioso y son tan antiguos como los remedios de la abuela. Ya no sólo se viralizan de “boca en boca”, sino de “me gusta” en “me gusta”.

No tienen ninguna restricción ni prohibición, se pavonean entre las personas buscando incautos y desesperados. Todos podemos contagiarnos en cualquier medio de comunicación (radio, televisión, medios digitales o impresos), incluso se cuelan en el correo electrónico y, cómo no, en nuestras redes sociales. No importa si tenemos o no una enfermedad, nos harán creer que los necesitamos y que son la respuesta a nuestras inquietudes.

Mimetizan su peligrosidad en eslóganes llamativos e indefensos o imágenes de referencia que no reflejan la realidad. Además, sus creadores no tienen rostro y tampoco quieren que sepamos cómo son; nos dicen lo que queremos escuchar, sin importar si lo que prometen cuenta con investigaciones o estudios de referencia. Simplemente van en contravía de la medicina y nos harán dudar de si los tratamientos son seguros hasta que nos obliguen a abandonarlos.

Sabemos que nos han contagiado con bulos si nos parecen mentiras las palabras de nuestro médico y nuestra salud empieza a mermar; si creemos habernos liberado de nuestras enfermedades o si nuestra calidad de vida empieza a empeorar, haciéndonos sentir cada vez más esclavos con esas soluciones ineficaces.

Podemos ser inmunes a esta enfermedad desinformativa si confiamos en nuestro equipo médico, dudamos de promesas exageradas y facilistas, ignoramos esos beneficios ficticios que, muy en el fondo, sabemos que no son verdad y dudamos de los testimonios de personas que ni siquiera han probado lo que recomiendan. Hay que ser incrédulos cuando hablan mal de otros tratamientos, cuando quien da la cara es un ‘pseudomédico’, que sólo es cualquier persona con bata blanca o, simplemente, dejamos de buscar más respuestas cuando ya las tenemos gracias a los profesionales de la salud que nos pueden orientar.

También los profesionales de la salud deben advertirnos, así como los sistemas de salud deben brindarnos atención humana y personalizada y, por supuesto, los entes oficiales deben ofrecer una educación digital y sanitaria que nos permita identificar ese peligro llamado bulos en salud. Y, por último, pero no menos importante, una normativa que nos proteja de ellos.