¿El espejo del alma?

Según muchas tradiciones, los ojos representan “el espejo del alma” porque reflejan de manera inmediata todas nuestras emociones, nuestros miedos y nuestras caras emotivas más secretas. En nuestro caso, para aquellos que vivimos con diabetes tipo 1, los ojos no sólo son el espejo del alma, sino también el espejo de la dedicación y el control de nuestra patología a lo largo de los años.

Para quienes creen -y en algún momento hemos creído – que por un exceso por aquí o por un descuido por allá no pasa nada con mi diabetes, nos hemos encontrado con una pared y con un golpe. Todo descuido siempre pasa la factura en forma de problemas de salud, que son las complicaciones propias de la condición; las cuales pueden retrasarse o detenerse. Y una de estas complicaciones se llama retinopatía diabética.

La etapa temprana de la retinopatía diabética es conocida como “retinopatía diabética no proliferativa”. Durante esta etapa, las anomalías microvasculares se limitan a la retina. Ocurre como resultado de anomalías microvasculares que restringen el flujo sanguíneo a la retina y la privan de oxígeno. En un intento de suministrar sangre a las zonas privadas de ella, nuevos vasos sanguíneos crecen desde la retina a la cavidad vítrea. La retinopatía diabética proliferativa puede causar pérdida de visión severa a través de una hemorragia vítrea, desprendimiento de retina y glaucoma.

Es por ello que es de suma importancia realizarnos un examen visual cada año, el cual se denomina “fondo de ojo”, donde, con unas gotas, nos dilatan las pupilas y, así, el oftalmólogo puede ver cómo se encuentran nuestras retinas, las que más sufren si hay mal control.

Después de 24 años…

Viviendo en la “dulzura” (viviendo con diabetes tipo 1), apareció esta amenaza. Y digo amenaza porque, para mí, la retinopatía significaba la posibilidad de la pérdida de la visión. Y, aunque cuando me diagnosticaron retinopatía me cuidaba, pasé de la retinopatía “no proliferativa” a la “proliferativa” en tiempo récord con la urgencia de realizarme una panfotocoagulación con láser en ambos ojos.

Sentí que el mundo se me venía abajo. El sentido de la vista, aquel que había dado por sentado toda mi vida, lo podía perder en un abrir y cerrar de ojos (irónico ¿no?). ¿Cómo a mí, que me estaba cuidando y revisando periódicamente los ojos, podían darme ese ultimátum? Y es que claro, no siempre me cuidé como lo hago de un tiempo a esta parte.

Sabemos que existe la memoria metabólica y que ésta recuerda, desde los inicios de nuestra vida con diabetes, el control que hayamos tenido los primeros 5 – 6 años, aproximadamente, lo cual condiciona cómo se desarrollará nuestra diabetes en el futuro y esto fue justo lo que me sucedió. En la actualidad, llevo 38 años con diabetes tipo 1 y los 3 primeros años nunca supe lo que era un glucómetro, pues no existía en mi país (Perú). Por lo tanto, no me medía la glucosa, salvo cada 15 días que me sacaban sangre en el laboratorio de la clínica en ayunas. Esto quiere decir que tenía una dosis fija de insulina (y de la porcina o bovina, porque en ese entonces no había otra) sin importar qué alimentos ingería.

La falta de educación en diabetes durante los primeros años, sumado a mis épocas de rebeldía y mal control de la adolescencia, hicieron que durante 6 días me fotocoagularan los ojos con láser. Fue así que, en 6 sesiones, pude recibir 3 mil disparos en cada ojo. Felizmente, los exudados y nuevos vasos sanguíneos anormales que crecen en la superficie de la retina estaban en la parte periférica de la misma, lo cual no comprometió mi vista y hasta el día de hoy siguen “quemados” por el láser sin mayores variaciones.

Con este antecedente, mis controles con el oftalmólogo son 2 veces al año e incluyen otras pruebas especializadas para no dejar “escapar” nada. Sin embargo, lo principal es el control de mis glucemias para mantener mi salud visual como está: en óptimas condiciones.